miércoles, 10 de junio de 2009

5. Paradigma newtoniano

Hasta el año 1500 de nuestra era, casi todas las culturas del mundo, incluida las europeas, tenían una visión orgánica del universo. Eso quiere decir que vivían, salvo una conocida excepción: la diáspora marrano-sefardí, en comunas solidarias; tenían una relación simbiótica con la naturaleza y sus rasgos más característicos fueron la interdependencia de los fenómenos naturales y espirituales y la subordinación de lo individual a lo colectivo.

A lo largo de los siglos XVI y XVII esta cosmovisión sufre un cambio radical en Europa. Esta cosmovisión orgánica fue reemplazada por una concepción que se articuló y expresó a través de una metáfora maquinal, que terminó por convertirse en el emblema de la edad moderna. Ahora bien, es preciso percatarse que esta evolución fue el resultado de cambios radicales en la cosmología; vale decir, en la ciencia y la tecnología.

Esta revolución científica comienza con Nicolás Copérnico. Sus teorías invalidaron la visión geocéntrica expuesta por Tolomeo y la Biblia. A partir de ese momento, el mundo ya no fue considerado el centro del universo, sino un planeta más que gira en torno a una estrella menor situada al borde de la galaxia. Como consecuencia de ello, el hombre occidental, formado en la tradición abrahámica, fue despojado de su convicción de creerse la figura central de la creación divina. Luego, Johannes Kepler traduce en leyes, empíricamente formuladas, el sistema ideado por Copérnico. Después Galileo utiliza la “experimentación científica” y el “lenguaje matemático” para formular las leyes de la naturaleza. Sostenía que para describir la naturaleza, matemáticamente, los científicos tenían que “limitarse al estudio de las propiedades esenciales de los cuerpos materiales”: formas, números y movimientos, que pudiesen ser “medidos” o contados. Sostuvo que la filosofía está escrita en el gran libro de la naturaleza, pero que para poder leerlo era preciso aprender el código en el que había sido cifrado: las matemáticas y la geometría. Las restantes propiedades de los objetos: color, sonido, sabor, olor, etc., fueron consideradas como “proyecciones mentales subjetivas que debían ser excluidas del dominio de la ciencia”. Como podemos constatar, de un plumazo sale “lo cualitativo” de la esfera de la ciencia moderna. Esta exclusión fue la razón de su éxito, pero, así mismo, de su fracaso.

Francis Bacon fue el primero en formular una teoría clara acerca del “procedimiento inductivo”. Como sabemos, la inducción consiste en extraer una conclusión de carácter general a partir de un experimento y, luego, confirmarla con otros experimentos. El así llamado “espíritu baconiano” modificó, pues, profundamente los objetivos y la naturaleza de lo que hasta entonces se había entendido por investigación científica. Desde la antigüedad griega, en efecto, la ciencia había tenido como meta el conocimiento del orden natural y la comprensión de la vida en armonía con ese orden. Con Bacon la ciencia comenzó a tener como fin un tipo de conocimiento que permitiera “dominar y controlar la naturaleza”, entendida como una hembra salvaje. Este lenguaje ha llamado poderosamente la atención. Así, por ejemplo, en su opinión, la naturaleza debe ser “acosada en sus vagabundeos” por la ciencia; debe ser “sometida y obligada a servir”, ser “esclavizada”, “reprimida con la fuerza”; la meta del científico es “torturarla hasta arrancarle sus secretos”. En ningún otro lugar se ve con tanta claridad el sello patriarcal, en el desarrollo de la mentalidad científica que produciría la revolución industrial. La ciencia prosigue el trabajo iniciado por la filosofía griega: desmatriacalizar el mundo con el impulso patriarcal semita: “Dominad la tierra”.

Toda esta manera de pensar, esbozada en sus rasgos básicos, fue razonada filosóficamente por Descartes. Conocida es su famosa frase: “Sólo admito como verdadero lo que haya sido deducido –con la claridad de un ejemplo matemático- de unas nociones comunes acerca de las cuales no quepa la menor duda. Como todos los fenómenos de la naturaleza pueden explicarse de esta manera, creo que no tenemos necesidad de admitir otros principios de la física y tampoco hemos de desearlo”. Así, pues, la clave del método cartesiano es la “duda” radical. Hay que dudar de todo: de la tradición, de los sentidos e, incluso, del propio cuerpo hasta llegar a un punto que no se pueda negar: el sujeto que piensa. He aquí la esencia del reduccionismo. De ahí, su famosa afirmación “Pienso, luego existo”. De este principio (que para llegar a él se deja prácticamente todo en el camino) Descartes deduce que la esencia de la naturaleza humana se halla en el “pensamiento” y que lo absolutamente cierto, sólo puede ser percibido a través de la claridad y la distinción. A esto: lo “claro y distinto”, Descartes llama “intuición”. El conocimiento cierto, por consiguiente, sólo se lo obtiene mediante la intuición y la duda. Como vemos, la herencia griega: reducir todo a lo abstracto y masculino, se va perfeccionando.

El método analítico de Descartes ha moldeado el sistema cognitivo de la modernidad. Consiste en dividir los pensamientos y problemas en cuantas partes sea posible y, luego, disponerlos según un orden lógico. De aquí proviene la manía de dividir y subdividir, de crear compartimentos estancos, del pensamiento sectorial. Lo que ha sucedido en la era industrial es que, siguiendo este método, se divide y fragmenta hasta donde se puede (en esta dinámica se inscribe la famosa “división del trabajo”) pero después ya no hay la capacidad de disponer la fragmentación en un orden lógico. La modernidad se queda en el desmontaje, la reducción, pero ya no es capaz de volver a pensar el todo.

El cogito cartesiano: “Pienso, luego existo”, tuvo implicaciones más funestas aún. Para que la “razón” fuese más cierta que la “materia”, estiró la pita hasta llegar a la conclusión de que ambas cosas: razón y materia, eran entes separados y básicamente distintos. De ahí su célebre afirmación “el concepto de cuerpo no incluye nada que pertenezca a la mente y el de mente, nada que pertenezca al cuerpo”. Esta distinción entre mente y cuerpo ha calado profundamente en la civilización occidental moderna.

Por sus consecuencias para el objeto de esta meditación, nos vamos a demorar un poco más en esta proposición.

Esta intuición nos ha enseñado a pensarnos a nosotros mismos como “egos aislados” dentro de nuestros propios cuerpos; nos ha hecho conceder más valor al trabajo intelectual que al trabajo manual. A los médicos les ha impedido considerar las dimensiones psicológicas de las enfermedades y a los psicoanalistas no ocuparse del cuerpo de sus pacientes. A los economistas los ha empujado a pensar la economía desconectada de la biosfera. A los agrónomos establecer plantaciones sin tomar en cuenta el ecosistema. En las ciencias humanas, la distinción cartesiana ha provocado una infinita confusión sobre la relación entre la mente y el cerebro; en física, ha hecho que los fundadores de la mecánica cuántica se enfrentasen a enormes obstáculos en sus observaciones de los fenómenos atómicos.

Así, pues, Descartes basó toda su visión de la naturaleza, clave para el surgimiento y desarrollo de la revolución industrial, en esta división fundamental existente entre dos “campos independientes y separados”: res cogitans, pensamiento, y res extensa, la materia.

Obviamente, tal forma de pensar no podía seguir expresándose con una metáfora orgánica; tenía que inventarse y expresarse con una metáfora maquinal. Según Descartes, la materia no tenía ni vida, ni metas, ni espiritualidad. La naturaleza funcionaba de acuerdo a unas leyes mecánicas y todas las cosas del mundo material podían explicarse en términos de la disposición y del movimiento de sus partes.

Esta imagen mecánica de la naturaleza fue el paradigma que dominó la ciencia moderna, de la física a la agricultura; autorizó científicamente la manipulación y la explotación de los recursos naturales. En cierta manera, la ciencia moderna lleva a su cumplimiento el mito hebreo que se expresa en la misión otorgada al rey de la creación “Dominar la tierra”.

Todo este desarrollo: el método empírico e inductivo de Bacon y el método racional y deductivo de Descartes, Isaac Newton lo empaquetó en una nueva propuesta. En su libro Principios matemáticos de la filosofía natural, Newton expuso la manera de combinar ambos métodos, haciendo hincapié en el hecho de que no es posible llegar a una teoría cierta, mediante experimentos desprovistos de una interpretación sistemática, ni por medio de unos principios básicos sin confirmación experimental. Superando a Bacon, en la experimentación sistemática, y a Descartes, en el análisis matemático, Newton combinó las dos tendencias en una sola y desarrolló la metodología que ha sido la base de las ciencias naturales desde entonces.

Ahora bien, el escenario donde ocurren los fenómenos físicos del universo newtoniano es el espacio tridimensional de la geometría euclidiana. Este es un espacio absoluto, inmutable, independiente de los fenómenos físicos que ocurren en su interior. En palabras de Newton “El espacio absoluto, por naturaleza sin relación a nada externo, permanece siempre igual a sí mismo e inmóvil”. Todos los cambios, que se efectúan en el mundo físico, se describen en términos de una dimensión separada; y todos los cambios que se efectúan en el tiempo (que es otra magnitud absoluta ) no guardan relación alguna con el mundo material, fluyendo uniformemente, como si no hubiera pasado nada, desde el pasado hasta el futuro, pasando por el presente.

Los elementos del mundo newtonianso son las “partículas de materia” que se mueven dentro de un espacio absoluto y en un tiempo también absoluto. Para Newton la materia está formada por estos pequeños objetos, “sólidos e indestructibles”. Nos las habemos, pues, con una teoría corpuscular que se diferencia del atomismo actual en que los átomos, según Newton, están todos hechos de la misma materia. En su opinión, “la materia es homogénea” y la diferencia entre los tipos de materia es el resultado de la agrupación más o menos densa de los átomos y no los diferentes pesos y densidades de éstos. De aquí proviene, por cierto, esa manía de buscar la “homogeneidad” a como dé lugar, incluso en un país de la biodiversidad que tiene Bolivia. (Un espacio como el nuestro, sólo puede ser leído adecuadamente desde una cosmología cuántica; y no desde la cosmología newtoniana, como desgraciadamente sucede).

En la mecánica newtoniana todos los fenómenos físicos se reducen al movimiento de partículas de materia, provocado por su “atracción mutua”; esto es, por la “fuerza de la gravedad”. Los efectos de esta fuerza en una partícula o en cualquier objeto material están descritos matemáticamente en las ecuaciones newtonianas de movimiento, que forman la base de la mecánica clásica.

Siguiendo la línea de la física newtoniana, Locke desarrolló una visión atomista de la sociedad, describiéndola en términos de su componente básico, esto es, el ser humano. De la misma manera en que los físicos reducían las propiedades de los gases al movimiento de sus átomos y moléculas, Locke trató de reducir los modelos que observaba en la sociedad al comportamiento de los individuos que la forman. Por esta razón comenzó a estudiar primero la naturaleza del ser humano y luego trató de aplicar los principios de la naturaleza humana a los problemas económicos y políticos. Su análisis de la naturaleza humana se basaba en Hobbes, según el cual todo el conocimiento resultaba de la percepción de los sentidos. Locke adoptó esta doctrina y, en una metáfora famosa, comparó la mente de un recién nacido a una tabula rasa. Sobre la cual se imprimiría el conocimiento una vez que fuese adquirido por medio de la experiencia sensible. Según Locke todos los seres humanos son iguales al nacer y su evolución depende del entorno. Las acciones de los seres humanos siempre serán motivadas por sus intereses. Ahora sabemos que las cosas son más complejas.

Cuando Locke aplicó su teoría a los fenómenos sociales estaba convencido de la existencia de leyes naturales que regían la sociedad humana, similares a las que gobiernan el universo físico. Como los átomos de un gas establecen un estado de equilibrio, también los individuos se instalan en una sociedad “en estado natural”. Por consiguiente, la función de un gobierno no era la de imponer sus leyes a las personas, sino más bien la de descubrir y poner en vigor las leyes naturales que existían antes de que el gobierno se formara. Entre estas “leyes naturales” Locke incluía la libertad y la igualdad de todos los individuos y también los derechos de éstos a la propiedad que representaba el fruto de su trabajo.

Las ideas de Locke se volvieron la base del sistema de valores del Siglo de las Luces y sus efectos se manifestaron en el desarrollo del pensamiento político y económico modernos. Los ideales del individualismo, el derecho a la propiedad, el mercado libre y el gobierno representativo, contribuyeron al pensamiento de Thomas Jefferson

Los grandes pensadores de la época, desde Thomas Hobbes a John Stuart Mill, pasando por el filósofo liberal John Locke, acudieron a la nueva física mecanicista buscando inspiración y ejemplo para su trabajo. Locke se describió a sí mismo como “un trabajador menor en relación con el incomparable señor Newton”. También Adam Smith estaba muy impresionado por la nueva ciencia mecanicista y elaboró tanto su economía de intercambio en el mercado, así como su teoría de la división del trabajo, en base a la metodología newtoniana. Como es fácil de entender, nadie se pudo zafar a este nuevo paradigma, pues tenía la capacidad de explicar la nueva complejidad socialmente inteligida hasta ese momento. Así, las leyes deterministas de la historia de Marx, la teoría de la evolución mecanicista y reduccionista de Darwin, el modelo científico del individuo como un complejo sistema hidráulico de Freud, la sociología de Pareto que se construyó sobre las metáforas mecanicistas y térmicas de la dinámica social, todos estos señores bebieron de la misma fuente: la cosmología newtoniana

Así, pues, la Máquina de precisión universal de Newton se convirtió también en el modelo de comprensión del Estado, como un mecanismo preciso, cumplidor de las leyes y que presentaba a los seres humanos como máquinas vivientes. La fuerza metafórica de este paradigma sobrevive en expresiones como: “las ruedas del gobierno”, “la maquinaria del Estado”, o en estas otras que nos atañen a nosotros, “el hombre es una máquina pensante”, “nos encendemos y nos apagamos”, “quemamos nuestros fusibles”, “nos ponemos las pilas” o “estamos programados para el éxito o el fracaso”.

Los bloques básicos de los edificios del mundo físico de Newton eran átomos tan impenetrables y aislados que rotaban por el espacio y chocaban unos con otros como pequeñas bolas de billar. Los únicos intérpretes de la representación espacio-tiempo de Newton eran esas partículas y las fuerzas de atracción y repulsión que actuaban entre ellas. Los pensadores políticos de la época comparaban esos átomos en colisión y sus fuerzas inter actuantes con la conducta y las interacciones de los individuos en la sociedad, en la medida en que se confrontan entre sí en la persecución de sus intereses individuales. En Leviathan, Thomas Hobbes comparaba la sociedad con una “guerra de todos los hombres contra todos los hombres”. Incluso, hoy, muchos economistas y sociólogos afirman que los individuos siempre eligen actuar en función de sus propios intereses individuales. El intento de encontrar alguna forma de equilibrio de todos los intereses conflictivos, que se producen en la sociedad, fue la base para diseñar las democracias representativas y el estilo de confrontación de los partidos políticos de la era industrial.

Ahora bien, la extensión de este paradigma mecanicista a nuestra percepción general de la realidad, tanto física como social, tuvo consecuencias que ahora comenzamos a poner en duda. El mecanicismo, en efecto, acentúa un abismo infranqueable entre los seres humanos y el mundo físico. La conciencia humana no tiene papel ni lugar en la amplia máquina universal de Newton. Esta sensación de que el hombre es una esfera extraña al mundo físico, se extendió, junto con la influencia el monoteísmo cristiano, al amplio mundo de la naturaleza, que es percibida como totalmente otra; como una fuerza que se debe conquistar y usar. De este talante proviene el origen de la actual crisis ecológica.

El mecanicismo acentúa lo absoluto, lo incambiable y lo verdadero. La ambigüedad es su enemigo. Las absolutas coordenadas espacio-tiempo de Newton son la estructura para un universo fijado, predecible y rígidamente obediente a las leyes. La sociedad mecanicista da importancia al centro absoluto, con un poder que se irradia hacia fuera. Subraya los valores de los roles fijados y la organización burocrática rígida.

El mecanicismo refuerza la jerarquía. Estructura la existencia de acuerdo con las siempre descendentes unidades de análisis. Las moléculas son más básicas que las neuronas, los átomos más que las moléculas. Estructuramos el poder y la organización con la misma escala de autoridad ascendente y descendente.

El mecanicismo favorece la existencia de las partes aisladas, separadas e intercambiables. En el universo de Newton todo es finalmente reducible a muchos átomos individuales y las fuerzas que actúan entre ellos. El atomismo estimula un modelo de relación basado en el conflicto y la confrontación, en la parte contra la parte. En la edad moderna, la mecanicista “guerra de todos los hombres contra todos los hombres” de Hobbes se convierte el el sentido común del hombre moderno. Así nomás es; el resto es idealismo o ingenuidad.

El atomismo sostiene el culto moderno del experto: individuo aislado que conoce muchos trozos sueltos de información y experiencia, pero que ignora, y hace gala de esa ignorancia, del conjunto del que son parte. Las partes son independientes unas de otras y del propio conjunto que está sujeto a la fragmentación.

El mecanicismo acentúa el punto de vista individual. Es una estructura espacio-tiempo absoluta, donde sólo hay una forma de mirar las cosas; sólo existe una realidad en cada unidad de tiempo. El uno u otro de la opción absoluta se convierte en la forma favorita de tratar con la realidad. Una afirmación es verdadera o falsa, una línea de acción es buena o es mala. Sólo puede haber una verdad, una línea de acción. No hay lugar para el matiz, las paradojas, la multiplicidad, la diferencia y la pluralidad.

En el campo de la ciencia, el mecanicismo hace tiempo que ha dejado de estar vigente. Su intento fracasado de dar alguna explicación a la cuestión de dónde están en el universo la vida y la conciencia, deja a los seres humanos sin un sentido de nuestro lugar en el esquema de las cosas. El atomismo niega la realidad y la importancia de la relación, estableciendo un precedente para el conflicto y la confrontación y la búsqueda de un interés personal limitado. Como modelo, el mecanicismo no puede dar cuenta de por qué las personas siempre actúan en nombre de otros, o por qué hay cohesión social. Y su aguda separación entre lo mental y lo físico, favorece una división entre nosotros y el mundo natural, poniéndonos en oposición con el mundo de la naturaleza, con los Naturvölker y, peor aún, con lo natural dentro de nosotros mismos.

A modo de balance provisional de lo dicho y como un guiño hacia lo que vendrá, voy a contraponer lo esencial de los supuestos del paradigma de la modernidad con los supuestos del paradigma cuántico. Así, pues, para el paradigma mecanicista:

1. Existe un mundo objetivo, independiente del observador, y nuestros cuerpos son un mero aspecto de este mundo objetivo

2. El cuerpo está compuesto por masas de materia, separadas entre sí en el tiempo y el espacio

3. Mente y cuerpo son cosas separadas e independientes la una de la otra

4. El materialismo es primario, la conciencia es secundaria. En otras palabras, somos máquinas físicas que han aprendido a pensar

5. La conciencia humana puede ser explicada por completo como producto de la bioquímica

6. Como individuos, somos entidades desconectadas y autosuficientes

7. Nuestra percepción del mundo es automática y nos brinda una imagen adecuada de cómo son realmente las cosas

8. Nuestra verdadera naturaleza queda totalmente definida por el cuerpo, el yo y la personalidad. Somos briznas de recuerdos y deseos encerrados en paquetes de carne y hueso

9. El tiempo existe como absoluto y somos cautivos de ese absoluto. Nadie escapa a los estragos del tiempo

10. El sufrimiento es necesario; forma parte de la realidad. Somos víctimas inevitables de la enfermedad, el envejecimiento y la muerte.

Los supuestos del paradigma cuántico, en cambio, que cierran la Edad Moderna, son los siguientes:

1. El mundo físico, incluido nuestro cuerpo, es una reacción del observador. Creamos el cuerpo según creamos la experiencia de nuestro mundo

2. En su estado esencial, el cuerpo está compuesto de energía y de información, no de materia sólida. Esta energía e información es un afloramiento de infinitos campos de energía e información que abarcan el universo

3. La mente y el cuerpo son inseparablemente uno. La unidad que soy yo se separa en dos corrientes de experiencia. Experimento la corriente subjetiva como ideas, sentimientos y deseos. Experimento la corriente objetiva como mi cuerpo. Sin embargo, en un plano más profundo las dos corrientes se encuentran en una unidad contradictoria pero complementaria. Es a partir de esta fuente desde donde debemos vivir.

4. La bioquímica del cuerpo es un producto de la conciencia. Creencias, pensamientos y emociones crean las reacciones químicas que sostienen la vida en cada célula. Una célula envejecida es el producto final de la conciencia que ha olvidado cómo mantenerse nueva

5. La percepción parece ser automática, pero en realidad es un fenómeno aprendido. El mundo en que vivimos, incluida la experiencia de nuestro cuerpo, está completamente inspirado en el modo en que aprendimos a percibirlo. Si cambiamos la percepción, cambiaremos la experiencia de nuestro cuerpo y de nuestro mundo

6. Hay impulsos de inteligencia que crean tu cuerpo de formas nuevas a cada segundo. Lo que tu eres equivale a la suma total de estos impulsos y, al cambiar sus esquemas, cambiarás tu

7. Aunque cada persona parezca separada e independiente, todos nosotros estamos conectados a patrones de inteligencia que gobiernan el cosmos entero. Nuestros cuerpos son parte de un cuerpo universal; nuestras mentes, un aspecto de la mente universal. Los cristianos premodernos hablaron del Cuerpo místico de Cristo

8. El tiempo no existe como absoluto; sólo la eternidad. El tiempo es eternidad cuantificada, atemporalidad cortada por nosotros en fragmentos (segundos, minutos, horas, días, meses, años, etc.) Lo que llamamos tiempo lineal es un reflejo de nuestro modo de percibir el cambio. Si pudiéramos percibir lo inmutable, el tiempo dejaría de existir tal como lo conocemos.

9. Cada uno de nosotros habita una realidad que se encuentra más allá de todo cambio. En lo más profundo de nosotros, sin que lo sepan los cinco sentidos, existe un íntimo núcleo de ser, un campo de inmutabilidad que crea la personalidad, el yo y el cuerpo. Este ser es nuestro estado esencial

10. No somos víctimas del envejecimiento, la enfermedad y la muerte. Estos son partes del escenario, no del espectador, que es inmune a cualquier forma de cambio.

Todo esto, obviamente, se refleja en un modo de vida. Voy a tratar de modelar el actual estilo de vida de las clases medias globales. Voy a describir, por tanto, un promedio cualitativo de un segmento también promedio, pero que hace Masa crítica. Por tanto, mi descripción no incluye a las elites más ricas de occidente ni a su llamdo Cuarto Mundo: los pobres.

4 comentarios:

J.C. dijo...

Simplemente brutal!!! Concentraste toda la filosofía mecanicista occidental en tan pocas líneas, sin perder nada de profundidad en el tema. Muy, muy bueno. Felicitaciones!!!

Hamsa dijo...

Excelente resumen y reflexión. Te felicito.

MarGGa Duval dijo...

Tenho que concordar com JC e Hamsa: excelente artigo! Parabéns!

mabella dijo...

Gracias estoy leyendo la obra de David Hawkins y me era impescindible conocer el paradigma Newtoniano,descartado por la gran revolución que repesenta,
la nueva mirada del hombre desde la física cuántica y su evolución en campos y estados de consciencia.