miércoles, 9 de septiembre de 2009

7b. Chakana: la interfase amerindia para dialogar con el Monoteismo occidental

Voy a condensar la lectura intercultural que hace Josef Estermann, Filosofía andina, La Paz, 2006, sobre la Chakana. Para empezar, Chakana proviene del verbo chakay que significa cruzar, trancar la puerta o entrada; el sufijo obligativo –na, añadido a un radical verbal, le convierte en sustantivo. Chakana, por tanto, es el cruce, la transición entre dos polaridades, el puente entre dos espacios opuestos, el nexo entre dos dimensiones antagónicas. Chaka también significa pierna o muslo: el puente descansa sobre dos piernas, dos pilares.

Desbrozaré primero el lugar de la Chakana en el diagrama para, a continuación, explicitar los principios lógicos que señala.

La representación gráfica del universo tiene la forma de una casa, indicando que todos pertenecen a una sola familia bajo un mismo techo. Fuera de la casa no hay nada; dentro, todo está relacionado a través de dos ejes: arriba / abajo, derecha / izquierda. En el centro del diagrama se encuentra la Chakana de cuatro estrellas, en forma de cruz, orientadas hacia los cuatro puntos cardinales. A una de las estrellas llama Saramama y, a la otra, Kokamama. La coca y el maíz, como se sabe, juegan un rol decisivo en la economía reciprocitaria y ritual de los Andes. Su lugar en el diagrama subraya el rol comunicacional y articulador de la coca y el maíz (en cuanto chicha) como Chakana: como puentes que comunican y conectan los cuatro extremos de los dos ejes.

En el eje vertical, que separa / conecta la izquierda y la derecha, vemos por encima un Óvalo vacío con la significativa inscripción: Wiraqocha Pachayachactiq. Wira: energía, calor, fuego; Qocha: fluidez, humedad, agua; Wiraqocha: energía fluida; fuegoagua. Pa: dos; Cha: energía primordial; Pacha: complementariedad de las dos energías primordiales antagónicas: tiempo / espacio; Ya: misterio, oculto, desconocido; Cha: energía: Yachay: enseñar la energía de lo desconocido. Por tanto, Wiraqocha Pachayachactiq vendría a significar algo así como “La enseñanza de la complementariedad de opuestos (agua y fuego) a través de la energía fluida del espacio-tiempo”: Jorge Miranda, Das Sonnentor. Vom Uberleben der archaischen Andenkultur. Wiraqocha puede leerse también como el andrógino: macho-hembra: fuego-agua. Las palabras y sobre todo los radicales, prefijos y sufijos tienen un sentido físico, material: exotérico, y también un sentido metafísico, espiritual: esotérico. En este contexto amerita una lectura esotérica.

Por debajo de la Chakana central se encuentra la pareja humana: el qhari, varón, a la izquierda y la warmi, mujer, a la derecha; pero como están mirando al espectador, el lugar cósmico de lo masculino es la derecha, paña, y de lo femenino la izquierda, lloq´e. Al lado del Óvalo Wiraqocha aparecen Inti, el sol, a la derecha, y Killa, la luna, a la izquierda, correspondiendo con el varón y la mujer respectivamente.

Debajo del vértice de la casa, hay otra Chakana en forma de cruz, pero esta vez orientada horizontal y verticalmente, con cinco estrellas, en el cruce de las líneas horizontales y verticales y en las puntas de los cuatro extremos. El comentario de Yamqui: “llamado orcorara quiere decir tres estrellas todas yguales”, da a entender la gran importancia de la Cruz del sur en especial y de la cruz en general como un símbolo extraordinario y adecuado de la relacionalidad, por tanto, de la correspondencia y la complementariedad y, a fortiori, de la reciprocidad. Como sabemos, la Cruz cristiana no ha sido leída en esos términos cosmológicos precisamente, sino desde una perspectiva más bien antropocéntrica y, dentro de ella, poniendo el énfasis en lo ascético y moral: por el sufrimiento en la cruz, Jesús salva a los hombres de sus pecados. También se podría pensar que el catolicismo dramatiza el principio contradictorio: un Dios que sufre y muere ignonominiosamnete, al cual son sensibles los andinos. En el extremo inferior de la línea vertical, en el zócalo de la casa, debajo de la pareja, el autor ha colocado un campo rectangular: los pata-pata o andenes agrícolas, es decir, la tierra labrada y cultivada.

Vayamos a la derecha, de arriba hacia abajo: Inti, el sol, masculino, señor del día. Debajo: dos constelaciones astronómicas: a la izquierda una qolqa de estrellas menores; a la derecha, una sola estrella llamada ch´aska. Debajo de estas dos constelaciones estelares, Qoyllur o lucero del alba, abuelo. Debajo de estos fenómenos astronómicos aparecen los fenómenos metereológicos: a la derecha, Illapa, el rayo; a su izquierda: K´uychi, el arco iris. Debajo de estos dos fenómenos metereológicos, al lado derecho de la pareja y dentro de un círculo, la Mama pacha, de la que sale Mayu, el rio. Debajo de la Mama pacha, Yamqui ha dibujado una serie de hoyos: las paqarinas, los lugares de donde sale la vida.

A la izquierda, de arriba hacia abajo: Killa, la luna, lo femenino, la señora de la noche. Debajo de ella, hacia el centro, una estrella sin nombre; probablemente venus vespertina. A su lado, hacia fuera, Poqoy phuy; poqoy significa “época de lluvia” y phuyu significa “nube”: fenómenos metereológicos de naturaleza femenina. Debajo de este símbolo metereológico, al lado izquierdo de la gran Chakana, aparece un felino, probablemente como pars pro toto para referirse al reino animal. Debajo del animal aparece una especie de gota gigantesca, Mama qocha, madre mar. Mas abajo, al lado de los andenes, se aprecia un arbol, Mallki: probablemente también pars pro toto para el reino vegetal. He aquí, pues, los significantes y sus mutuas relaciones.

La línea vertical indica la polaridad entre lo grande, makron, y lo pequeño, mikron. Es la oposición relacional de la Correspondencia: “Así como arriba, abajo”. La línea horizontal indica la polaridad entre lo femenino y lo masculino. Es la oposición relacional de la Complementariedad.

El espacio por encima de la línea horizontal es la región que la Pachasofía llama hanaq/alax pacha, tiempo-espacio superior, y el espacio por debajo de esta línea es kay/aka pacha, el tiempo-espacio de aquí y ahora.

La Chakana es, pues, el punto de encuentro de los cuatro cuadrantes (I, II, III, IV) pero, además, el elemento de conexión, relacionalidad, entre los principios de Corresponencia, vertical, y Complementariedad, horizontal. Los cuadrantes I y II representan hanaq/alax pacha; y los cuadrantes III y IV kay/aka pacha. Los cuadrantes I y III: la izquierda, lloq´e, lo femenino; y los cuadrantes II y IV la derecha, paña, lo masculino. Así, pues, la Relacionalidad primordial entre arriba y abajo, entre macrocosmos y microcosmos, es la Correspondencia. La relacionalidad entre izquierda y derecha, entre lo femenino y lo masculino, es la Complementariedad. Cada elemento entonces participa doblemente de esta estructura relacional.

Así, pues, los amerindios andinos perciben el universo y su sociedad compuestos por entidades complementarias pero opuestas: lo masculino y lo femenino, lo alto y lo bajo, lo maduro y lo juvenil, lo nuevo y lo viejo. Todo, pues, tiene sexo: los dioses, el paisaje, las cosas, así como una ubicación en los ejes arriba/abajo, derecha/izquierda. Entre los pares hay equivalencias: lo masculino tiende a ser asimilado a lo alto y a lo frío; lo femenino a lo bajo y a lo cálido; lo juvenil a lo nuevo, a lo salvaje y a la emegencia hacia rriba; lo adulto al órden, la cultura y a lo alto que con la muerte descenderá. Entre cada término de un par hay complementariedad, tensión, competencia y relaciones asimétricas. Cada uno tiene sus propias cualidades que se complementan pero que se oponen con los de su par. Todos: los hombres, los dioses, la naturaleza... compiten, se provocan, juegan, ganan, pierden. Siempre hay alguien que afirma cierta supremacía coyuntural sobre el otro. Esta asimetría es el dinámo del sistema. La identidad estre masculino y femenino, no cabe en esta escuela de pensamiento. Así, pues, la dinámica de la civilización amerindia está basada en la competencia entre pares que se perciben como complementarios pero desiguales.

Bien, hasta aquí una somera explicitación del mapa mental que tiene en la Chakana su código de desciframiento. Ahora trataré de condensar los principios que pone de manifiesto la Chakana y que Josef Estermann conceptualizam para nosotros. Obsérvese las semejanzas con el modelo kabbalista.

El Principio de relacionalidad

Este principio afirma que todo está relacionado, vinculado, conectado con todo. Por consiguiente, la entidad básica es la relación; no el ente. Por tanto, no es que los entes particulares se relacionan y, en un segundo momento, lleguen a formar un todo integral. Para el pensamiento amerindio “En el principio es la relación”. Por ello, para un amerindio, un ente totalmente separado y aislado es inimaginable; sería el máximo grado de la abstracción; es decir, un no ente.

El Principio de Relacionalidad amerindio no es sólo lógico sino que implica variables afectivas, ecológicas, éticas, estéticas, productivas. La relacionalidad deriva, en efecto, de una convivencia holista con el cosmos. He aquí su diferencia específica respecto del pensamiento occidental moderno.

El Principio de Relacionalidad se puede formular de manera positiva y negativa. Negativamente: “no puede haber ningún ente que no tenga relaciones, tanto trascendentes como inmanentes”. Esto quiere decir que para el pensamiento amerindio no hay entes absolutos: absueltos, sueltos, desconectados.

Positivamente, el Principio de Relacionalidad sostiene, como la mecánica cuántica, que cada ente, acontecimiento, estado de conciencia, sentimiento, hecho, posibilidad, se halla inmerso en múltiples relaciones con otros entes, acontecimientos, estados de conciencia, sentimientos, hechos, posibilidades. La realidad es una red de relaciones: un holograma.

Ahora bien, el Principio de Relacionalidad amerindio ni es de tipo lógico: inferencial, ni contiguo: causal. La causalidad física, para el pensamiento amerindio, es un modo más de relacionalidad; no lo excluye ni lo desconoce; pero he aquí que la mayoría de los tipos de relacionalidad son, más bien, de índole no causal: correspondencia, reciprocidad, polaridad, proporcionalidad, etc. Como sostiene Estermann, la relacionalidad amerindia, dicha en categorías occidentales, es esencial pero no necesaria.

El Principio de Relacionalidad tiene, finalmente, una implicación gnoseológica. El pensamiento occidental clásico concibe la relacionalidad de la realidad como un rasgo secundario de la substancialidad. Para los amerindios, la realidad es subjetiva y objetiva, cognocente y conocida, es trans-conceptual y conceptual: es una realidad probalística, cuántica: el electrón es onda-partícula; bosón-fermión.

El Principio de correspondencia

Este principio amerindio afirma que los distintos aspectos, regiones o componentes de la realidad se corresponden de una manera armoniosa; relación que implica, por consiguiente, bi-dirreccionalidad mutua. Para el pensamiento amerindio, los nexos relacionales son, básicamente, de índole cualitativa, simbólica, celebrativa, ritual: afectivos, sin excluir lo intelectual; o, si se quiere, corresponden a un paradigma de “inteligencia emocional”.

La correspondencia amerindia no es lógica, sino simbólica y, sobre todo, de puesta en escena total: ritual, más que de una re-presentación intelectiva-conceptual; por consiguiente, claramente no causal y, menos aún, inferencial. El símbolo concreto corresponde a lo simbolizado, porque lo condensa y resume.

No sólo el Principio amerindio de correspondencia pone en tela de juicio la validez universal del Principio de causalidad, sino también la física cuántica y todas las ciencias de punta. El Principio de indeterminación, de Heisenberg, la teoría de la relatividad, de Einstein, la teoría cuántica, de Planck, no sólo cuestionan la validez universal de la física newtoniana y de la geometría euclidiana, sino que establecen una cierta correspondencia entre los fenómenos, micro y macro, y el punto de vista del Observador. A pesar de estos avances científicos, que culminan en el nuevo paradigma ecológico-informático, el pensamiento occidental moderno sigue cultivando una interpretación reduccionista, cuantitativa, causal de la relacionalidad.

Este reduccionismo choca con el Principio amerindio de correspondencia a todo nivel y en todas las categorías. Para el pensamiento amerindio hay una correspondencia entre macrocosmos y microcosmos; entre hanaq pacha, kay pacha y ukhu pacha; entre el ayllu de los runa, el ayllu de la sallqa y el ayllu de las wak´as; entre la fabricación de la chicha y el fluido de los líquidos por el cosmos; entre la casa y el universo; entre el vellón y la vía láctea; en fin, entre lo cósmico y lo humano y lo extrahumano; lo orgánico y lo inorgánico; la vida y la muerte, lo bueno y lo malo, lo divino y lo humano, etc. A partir de la mecánica cuántica, el principio amerindio de correspondencia es de validez universal.

Principio de reciprocidad

El Principio de reciprocidad brota de la búsqueda de un equilibrio contradictorio entre Identidad y Diferencia; es decir, entre las fuerzas antagónicas de homogeneización y heterogeneización, de inclusión y exclusión, de alianza y hostilidad, de amor y de odio, que es en lo que, por cierto, estriba el Principio contradictorio.

Ahora bien, por la física cuántica sabemos que estas fuerzas están inscritas en la naturaleza misma de la materia. Según el Principio de exclusión de Pauli, por ejemplo, los electrones poseen, por así decir, la habilidad de excluirse mutuamente; dos electrones crean siempre un patrón de elusión; sin dicho patrón todos los electrones tenderían a formar órbitas ajustadas en referencia a sus respectivos núcleos atómicos, haciendo la química y la vida imposibles. Los fotones, por el contrario, tienen la habilidad de incluirse; de penetrar juntos en el mismo espacio. Los rayos láser, por cierto, funcionan gracias a esta tendencia a la inclusión de los fotones. Así, pues, la fuerza cuántica de exclusión, de los electrones, tiende a mantener las cosas separadas. La fuerza cuántica de inclusión, de los fotones, tiende a unificar las cosas. Entre estas dos fuerzas: de exclusión (que permite a los átomos formar estructuras moleculares necesarias para la vida) e inclusión (que permite a los átomos y moléculas comunicarse mutuamente y vibrar de un modo simpático) existe la Vida.

La razón lógica del Principio contradictorio estriba en que si cada uno se reconociera como hombre en la parte del otro que es idéntica a sí mismo, las sociedades estarían constituidas por individuos similares; de aquí brota la tendencia a la homogeneización. Por otro lado, si las sociedades se reconocieran por ser diferentes unas de otras, los hombres serían extranjeros entre sí y hasta enemigos, de aquí brota la tendencia hacia la heterogeneización. Y así, no hay civilización: hay barbarie. Lo humano surge, justamente, cuando un hombre toma en cuenta al otro, en su diferencia, en lugar de ver en él sólo el reflejo de su propia identidad. Al hacer esto, el hombre adquiere una doble conciencia: la suya y la del otro y de la confrontación de estas dos conciencias nace el sentimiento de un ser superior que es común a los dos: el sentimiento que Dominique Temple llama de “humanidad”. Por consiguiente, se genera un valor que no existe en la naturaleza; se crea el lazo social, el vínculo interhumano. A esto es que se llama Reciprocidad.

Así, pues, es el equilibrio contradictorio, de la relación entre identidad y diferencia, el que constituye lo humano. Ahora bien, el pensamiento occidental moderno, en la medida que es tributario de la lógica del Tercero excluido, se ha rehusado pensar esta dialéctica de la reciprocidad y procede de acuerdo al Principio de identidad según el cual la realidad de un hecho contradictorio está fuera de toda posibilidad de existir y, si existe, hay que colonizarla, homogeneizarla “a su imagen y semejanza”. Para el pensamiento occidental el ente tiene que ser reducido a un principio no contradictorio: la identidad de A y B. Esta es la lógica que ha regido la evangelización, el colonialismo, el tercermundismo, la ayuda al desarrollo y, ahora, las estrategias de reducción de la pobreza.

Principio contradictorio

La física cuántica reveló que la materia y la energía proceden de una entidad contradictoria en sí misma. La noción de contradictorio apareció con el descubrimiento del quatum de Max Planck, en el estudio de la luz, cuando hubo que explicar que ella podía manifestarse, ora como la vibración de un medio homogéneo, ora como un haz de partículas elementales. Según la física clásica, los fenómenos complementarios son independientes, los unos de los otros.

El principio de antagonismo, formulado por Stéphan Lupasco, une la actualización de un fenómeno a la potencialización de su contrario. La potencialización es definida como una conciencia elemental. La onda actualizada está unida a una estructura corpuscular potencializada. La estructura corpuscular actualizada está unida a una onda potencializada y cada una de esas potencializaciones es una conciencia elemental.

Estas actualizaciones-potencializaciones, a su vez, se pueden actualizar. Si esta actualización es del mismo signo que la primera, se llamará una ortodialéctica; si ella es de signo inverso, se llamará paradialéctica. La ortodialéctica de la homogeneización es la de la energía, cuya imagen es la luz. La ortodialéctica de la heterogeneización, llamada, ahora, neguentropía, es la de la vida, la de la organización de la materia, el átomo, la molécula, el código genético. La heterogeneización, sinónimo de diferenciación, es un término que permite valorar el hecho de que ese fenómeno se constituye inicialmente a partir de una oposición entre dos polos, apareciendo cada uno como partícula correlacionada con su opuesto. No existen, pues, elementos materiales aislados, sino parejas o díadas de elementos correlacionados (materia- antimateria, indianidad-occidente...). En cada fenómeno de diferenciación, al estar el mismo correlacionado con su opuesto, la diferenciación se convierte en organización: D. Temple: Teoría de la Reciprocidad, II

El principio de complementariedad

Este Principio afirma que ningún ente, acción o acontecimiento existe aislado, solitario, por sí mismo. Por el contrario, todo ente co-existe con su complementario; ambos hacen la plenitud, la completud del ser, como un electrón es la complementariedad onda-partícula, un signo la complementariedad significante-significado, un hombre la complementariedad varón-mujer, Jesucristo la complementariedad dios-hombre. O como, para resolver las aporías de las sociedades contemporáneas, la economía debería ser la complementariedad de los opuestos contradictorios: reciprocidad-intercambio; la democracia la complementariedad de los principios: representativo-participativo.

Ahora bien, es bueno tener en cuenta que el Principio de complementariedad, ni en la mecánica cuántica ni en el pensamiento amerindio, es algo “objetivo”, en el sentido newtoniano, porque trasciende; mejor dicho, está a un lado, tanto del concepto Objeto como del concepto Substancia de la metafísica occidental. Por consiguiente, el Principio de complementariedad es compatible con la crítica que se ha hecho, también en Occidente, del pensamiento substancialista que maneja el concepto de “entes existentes en y por sí mismos”. Ningún ente o acontecimiento particular es una entidad completa: adolece de una deficiencia ontológica. Para el pensamiento amerindio, el individuo autónomo y separado es un ente incompleto, un ente a medias. Recién en conjunto, con su complemento, la entidad particular se convierte en total; mejor dicho, plena. El pensamiento occidental clásico tiende a identificar lo particular con lo completo; no en el sentido de la “parte por el todo”, sino de “o bien la parte o bien el todo”. El pensamiento amerindio insiste en el significado literal de lo particular: se trata de una “parte”, necesaria y complementaria, que se integra junto con la otra “parte”, en una entidad “completa”, es decir, complementada. Por eso Simón Yampara, habla de la “parcialidad occidental” y la “parcialidad amerindia” como las partes de un nuevo contrato estatal, de una nueva totalidad.

El Principio de complementariedad enfatiza la inclusión de los opuestos complementarios en un ente completo e integral. La interculturalidad, por ello, sólo es posible desde esta matriz lógica amerindia y, últimamente, cuántica. Así, pues, lo que nos viene a decir este principio amerindio es que existe una tercera posibilidad, más allá de la relación contradictoria, que es la relación de complementariedad. Este pensamiento inclusivo considera la contradicción como una contraposición de dos posiciones incluidas e integradas en un todo que contiene las partes, por así decir, particulares y parciales.

Ahora bien, es muy importante recalcar que el pensamiento amerindio no niega el Principio de no contradicción. Lo que sucede es que el pensamiento occidental entiende la contradicción formal como absoluta: es decir, exclusiva, de tal manera que uno, A, excluye al otro, B, y viceversa; en tanto que el pensamiento andino interpreta la contradicción formal como una contrariedad material: A es distinto de B y B es distinto de A; cierto, pero A y B pueden coexistir como partes complementarias de una tercera entidad que conformará un nuevo todo en sentido estricto. He aquí, el fundamento lógico de esta propuesta constitucional.

Principio de tercero incluido

Lupasco llama a este principio “el estado T”. El estado T corresponde a una situación en la que dos polaridades antagónicas son de intensidad igual y se anulan recíprocamente para dar nacimiento a una tercera potencia, en sí misma contradictoria. Un estado tal, en sí mismo contradictorio: el tercero incluido, es una semi-actualización de dinamismos antagónicos y, a la vez, una semi-potencialización de esos mismos dinamismos antagónicos. Sin embargo, uno no aprehende toda la realidad sino tanto como el efecto de una tercera dinámica emergente entre la energía y la materia.

La propuesta de Lupasco de considerar las potencialidades, como conciencias elementales, es muy pertinente para nuestro propósito: facilitar la resolución de conflictos, ya que una conciencia elemental, relativizada por su conciencia elemental antagónica, deja de ser una cuestión ciega respecto de sí misma; dejamos de bloquearnos mutuamente. Ya que los bolivianos occidentales al adquirir luz sobre sí mismos, a partir de la conciencia amerindia que se le enfrenta, y vice versa, ambos adquieren una misma iluminación sobre sí mismos; luz que Dominique Temple describe como una “luz de luz”, “una conciencia de conciencia.

Ahora bien, Lupasco encara este “estado T” desde el punto de vista de la actualización, relativizada por la actualización antagónica. En este caso, lo que llamamos realidad deja de ser, cesa, tanto si se trata de materia o de energía, y ese estado, que podríamos llamar “intermedio”: actualización relativizada por su actualización antagónica, se convierte en algo que Lupasco llama “materia primordial”. El principio de antagonismo conduce así al reconocimiento de una entidad sin materia ni energía, tan real, empero, como la realidad, que Temple llama “conciencia de conciencia” y Lupasco denomina “energía psíquica”.

Aparece, pues, entre las actualizaciones-potencializaciones antagónicas, una tercera polaridad que es la de lo contradictorio mismo. Su advenimiento puede ser llamado un fenómeno de auto-conciencia que no conoce otra cosa que aquello con lo cual está en interacción, es decir, consigo mismo.

Ahora bien, en el corazón de la Conciencia de conciencia, en el estado T, cuando no domina ni la una ni la otra de las fuerzas antagónicas que se enfrentan, lo que se da es una suerte de “estado coexistente”, en el sentido de Max Planck, complejo, es cierto, pero tan indeterminado como el vacío cuántico de los físicos. No podríamos saber nada de este estado co-existente, dice Temple, si esta suerte de vacío cuántico no se tradujera en “afectividad”, en energía psíquica.

Si para el físico los estados co-existentes son incognoscibles, sí son, empero, sentidos, percibidos; es más, se revelan a sí mismos en la energía psíquica que generan. La mediación y facilitación para la resolución de conflictos no se las ha con seres lógicos; se las ha con situaciones que producen afectividad, emociones y, por tanto, exigen un tratamiento post-racionalista y post logo-céntrico.

El principio de antagonismo propone, así, una solución original al problema de las relaciones del espíritu con la materia y la energía. La energía psíquica (la sustancia del conflicto, por así decir) tiende hacia lo contradictorio, en tanto que la materia y la energía tienden hacia lo no contradictorio. Las manifestaciones de la materia-energía psíquica son entonces irreductibles a las de la materia y la energía, lo que traduce la contradicción. La teoría de Lupasco reduce la distancia entre la ciencia y la ética.

Pero lo contradictorio puede actualizarse y ser potencializado por una actualización antagónica o bien manifestarse de forma contradictoria. En efecto, en la conciencia se pueden distinguir dos dinámicas opuestas: la una converge hacia la unidad, que Temple llama palabra de unión; la otra va en sentido inverso y se manifiesta por la diferenciación; Temple la denomina palabra de oposición. Estos son los términos de referencia lógicos de la resolución de conflictos, diálogo y deliberación.

Si el “estado T” permanece cabe sí mismo, es atrapado por esta identidad que redunda en homogeneización. Si se actualiza por diferenciación, será atrapado por una diferenciación que genere heterogenización. Aquí la palabra sólo tendría sentido para sí misma; se convertiría inmediatamente en una señal que pone en peligro la experiencia del yo. ¿Cómo podría escapar lo contradictorio, ora a su homogeneización, ora a su heterogeneización? Sería preciso que pudiera dejar de ser él mismo sin diferenciarse, o diferenciarse permaneciendo idéntico a sí mismo. Lo contradictorio no puede renacer a menos que la palabra engendre su propia estructura de reciprocidad.

Ahora bien, las dos palabras, de unión y oposición, no pueden reencontrarse, ya que expresan dos actualizaciones que, por definición, son excluyentes la una de la otra. Cada una de las palabras, de unión y de oposición, debe encontrar en ella misma la posibilidad de su relativización. Para que el diálogo, la deliberación y la resolución de conflictos sea posible es imprescindible que cada una de las partes ponga en acto una relación de reciprocidad: D. Temple, Teoría de la Reciprocidad, II.

Dicho esto, construiré el resto del texto en simetría inversa a la primera parte: 6. El modo de vida occidental y 6. Suma Qamaña y así sucesivamente. Revísese el Ïndice. 7a. Kabbalah y 7b. Chakana, son la bisagra-taypi, que separa y une las dos partes de mi texto. Iré insinuando el contrapunto amerindio, leído, empero, desde el nuevo paradigma, pues, desde el paradigma newtoniano, la Indianidad es sencillamente incomprensible para nosotros, en cuanto modernos, por su complejidad y porque se basa en el principio cuántico de lo Contradictorio. Nos debiera dar vergüenza nuestro provincialismo atrasado, caduco y extemporaneo. Hay que ponerse al día, científicamente, para tratar con la Indianidad.